miércoles, 18 de mayo de 2011

PREFERENCIAS



  



  Se colocó la bufanda alrededor de su cuello. Sintió fascinación, cuando las fibras acariciaron su piel, quiso convertir a esa tela en una boa, o en una cuerda atada al tumbado. Llenó la copa de tinto y la apresuró a sus labios. En el filo de la cama regresó a ver a las sábanas y ahí estaba Fátima, con la boca semiabierta, espiando, con su lengua excelsa, las moléculas de miedo que flotaban en el cuarto. Epstein dio un segundo sorbo a su bebida y dejó que la copa caiga sobre la alfombra.  Fátima no respondió al ruido opacado que rebotó de pared a pared. En un rincón estaba la máquina de escribir que Epstein procuró comprar cuando tuvo su séptimo bloqueo de escritor. Creyó que el contacto con las vetustas teclas lo haría levantar murallas de palabras, tormentas de metáforas, anécdotas incómodas y finales inesperados. Escribió un par de hojas y las dejó descansar en el cajón donde guardaba sus lentes, pero el bloqueo regresó por octava vez y con él, el sufrimiento. No tenía la justificación para seguir con vida, siguió con la habitual búsqueda de erguir sus huesos en un cementerio de simios esquizoides, pero entre más intentaba revelarse en este mundo, una avalancha de frustraciones aterrizaba en su frente amplia y dejaba a la noche rasguñar a sus párpados. Comenzó a tomar pastillas para dormir, antidepresivos, y fabricó una posibilidad entre ceja y ceja; el suicidio lo llamaba. Para distraer su mente del cómo matarse, llamó a putas y a dealers. Una dotación de barbitúricos, alcohol, sexo y ácidos, hizo que su perturbada existencia engendre una apatía completa por los interrogatorios del universo. El humano se transformó en una anomalía de la evolución, con una conciencia que lo convertía en esclavo de sus propias acciones. Quiso ser un perro y mearse en el periódico en lugar de leer las desastrosas noticias, editoriales, columnas políticas, de salud, tecnología, clasificados, trabajos y detalles de esperanza de ciertas noticias humanitarias; todo era una rata naufraga que no comprendía que hace en el mar y cómo regresar a su alcantarilla. También apagó la tv, luego que las torres gemelas se desplomaron; entre el humo y el logotipo de CNN, comprendió que era un show más y olvidó que el mundo da vueltas. Nunca supo que Bin Laden fue asesinado por el premio Nobel de la paz, aunque él comprendía la ironía de la vida. Los griegos quisieron encontrar la esencia unificadora del universo; no acertaron, dieron vueltas alrededor de los elementos y cayeron en la desgracia del espíritu; la esencia que unifica al universo es la ironía, es tan cómico para cualquier dios ver a sus pequeñas creaciones nacer y morir con una sola exhalación. 
 
  Fátima se retorció, como si un calambre general la atacase; regresó a su posición, y Epstein con su astigmatismo intentó recordar los embates sobre el cuerpo de la zorra que ocupaba el espacio en su cama. Era una mancha pálida, que reposaba sobre la blanca bandera de soledad en la que se había convertido su cama. Volteó su mirada a la máquina y a su inútil destino. Las palabras incrustadas en la última hoja, era la repetición de la misma frase: La tinta está vacía, la tinta está vacía, la tinta está vacía; vacía está la tinta, vacía está la tinta. Era incómodo pensar en regresar a golpear el teclado y repletar hojas con la misma frase. Las historias se habían dormido en alguna fosa, y como custodios, había una serie de minotauros y arpías. Todo tiene una fuente, su fuente había sido el contacto con la sequía de su corazón, pero la zorra, que descansaba y que con su bípeda lengua acariciaba el silencio de la habitación, lo había fulminado de repugnantes esperanzas.

  El suicidio ya no revoloteaba en sus pupilas, dejó los vicios, y concilió un sueño perturbador que al menos era sueño. Pero aún no podía escribir.
Despertar con ella, era sonrojar a Proust; cenar con ella, era jalar del gatillo de Hemingway; hacer el amor con su faz era robar las flores del infierno de Dante; decirle te amo, era descuartizar las paredes blancas de Panero. Nunca se debe abrir la puerta a una mujer que camina sobre las tumbas de tus héroes; eso fue lo primero que pensó Epstein luego de eyacular en su vulva. Fátima, de a poco, lo sacó del rincón, lo presentó ante el mundo, como al inadaptado y frágil ser que besa con desesperación; y todos aplaudieron al unísono esperando que la última frase diga algo inaudito y el libro se cierre; pero demonios, eso no era literatura, era la vida humillada de Epstein y él con sus anteojos disimulaba una sonrisa y escondía sus manos en los bolsillos de su chaqueta, miraba la luz más próxima y esperaba que un infarto lo asesine, o un satélite caiga y aplaste su cabeza contra el pavimento. No tuvo tal suerte.
   Zurcido  con su idílico amor, ingirió tanto veneno de la boca de Fátima como le fue posible, hasta sentir que la mujer que abraza en las noches, tenía escamas y la podía llamar ophidia, cuando una erección se volvía su última voluntad. Todo lo demás quedó bajo el polvo.
   Pagaría por prostitutas, o por maniquíes, por cocaína y una dotación de ácidos y vino; lo barato se vuelve caro, el amor es gratis y lo estaba matando. Sintió la fuerza suficiente; ella seguía extasiada en el sueño más espléndido que él jamás puedo engendrar. Dio pasos como si estuviese bajo el agua, y llegó al teclado. Arrancó la hoja del rolló e introdujo otra en la oscuridad, con un desenfado rítmico; comenzó a teclear sin miedo de despertar a la pálida mujer, que escurridiza en su lengua, supo plantar la semilla de la seguridad. Y comenzó a escribir todo, cambiando sus nombres y colocando al narrador en tercera persona. Las últimas palabras fueron: Y ella jamás existió, todo había sido un infértil relato que será arrancado de raíz. 

   Epstein se dio la vuelta, y en su cama una tibia ausencia lo emocionó. Miró las sombras y se masturbó contento pensando en su suicidio.