martes, 11 de septiembre de 2012

CRUCE







Un argentino dramaturgo, quien jamás se atrevía a cruzar la calle de la cuadra de su teatro diminuto, movía sus labios a una velocidad inverosímil, y excretaban diálogos que quedarían exiliados de su boca.

El argentino se detuvo en la esquina en una calle céntrica de Quito. Miró hacia un lado y observó la calle que se empinaba hasta una altura descomunal. Luego giró su rostro y vio la calle en vertical. Dejó de mover sus labios porque todos los personajes que habitaban en su cabeza decidieron zurcir su boca. El dramaturgo hizo una mueca e imaginó cómo se debería ver el silencio.

Con su mano izquierda (las dos estaban guardadas en los bolsillos de su abrigo negro) hizo ligeros movimientos como si moviera una batuta para la apertura de una sinfónica. Imagino que bajaba de la empinada calle, un río. La calle adoquinada se había convertido en un río profuso donde peces de concreto navegaban sin importarles las señales de tránsito, y se movían indescifrablemente por la anchura de la calle.

El Dramaturgo contempló el silencio del agua, del movimiento de los peces, de la corriente hacia ninguna parte, y movió sus labios con trémula satisfacción: “donde estoy exiliado/ los peces no me hablan/ el agua no me habla/ la calle no me habla/ por supuesto, yo no me dirijo la palabra/ porque vivo en el territorio del silencio/ donde los exiliados aprendieron a cantar con la afonía de su tristeza.”

Luego hizo un apunte en su memoria, de las palabras que habían florecido en sus labios y el agua, los peces que vivían en su cabeza desaparecieron y él sonrió como si hubiese vencido en una guerra, donde el ejército contrario luchó con bayonetas y él con un tenedor. 

Miro al frente, hacia la otra vereda y decidió cruzar la calle, por primera vez decidió cruzar la calle y dejar la cuadra de su teatro para adentrarse en la bruma del cemento.

El semáforo estaba en verde y el dramaturgo dio el primer paso. 

Mientras avanzaba una serie de miedos lo embriagó hasta dejarlo ahogado en media calle. 

El médico forense que hizo la autopsia, encontró en el pulmón izquierdo del dramaturgo, un pez de concreto.

2 comentarios:

Ana dijo...

Llega un punto en que nuestros hijos fantasmas se revelan... y chao, ya no creen que uno tenga derecho de decidir sobre ellos, impíos!... Un pez de concreto, ¿qué más podía salir?

Joce Deux dijo...

Querida ana, a veces no se trata de fantasmas. los que abordan la mente son posibilidades. el fantasma es el que escribe. los que se revelan y rebelan, son espasmos y un mundo que está por ahí, pero para pescarlo se necesita una pequeña e invisible red. un pez de concreto es todo lo que puede salir de ese mundo. un abrazo y gracias por tu visita!