domingo, 11 de agosto de 2013





No eres un personaje de Jarmusch; triste y solitario; no hay, al final del libro, un desenlace fatídico o una vuelta de tuerca a lo Auster. Tu Scriptorium será solo un escritorio, y la ventana la claraboya por donde el humo de tu cigarrillo emigrará allá donde tú no irás. 


No eres una llanta pinchada en medio de un tiroteo, o un Rock star que rompa guitarras en las cabezas de tus fans. No eres un farmacéutico amable que regala antidepresivos a las chicas desesperadas; no engancharás ninguna de esas mujeres, porque ellas solo piensan en ríos dinamitados y muñecas rasgadas.


No oirás en ningún estéreo la  música de tu predilección; siempre habrá locutores hablando de sus peinados y de los fantasmas que inyectan heroína en  sus glandes.  La goma del parabrisas estará dañada; jamás conocerás un buen mecánico que arregle tus huesos o un doctor que le ponga un buen motor a tu caballo.


No conocerás el arrepentimiento luego de tu primera víctima; ni sábanas limpias en los moteles que puedes pagar, o mujeres que sepan lavarse sus bocas con otra cosa que no sea whisky barato


No habrá en las iglesias estampidas de ángeles ni en el baúl de los recuerdos un columpio para elevarse hasta tocar las nubes de celofán.


No brindarás con tus héroes; ellos están enterrados en Montparnasse, o lamiendo las paredes blancas de Mondragón. Quizás estén en Charleville o en el cuarto de al lado volándose los sesos una y otra vez.


No conocerás el cielo o el infierno; solo los cuartos vacíos y las rieles del tren; poemarios mojados y paraguas envejecidos; puertas cerradas y llaves oxidadas; navajas en el vientre de la derrota; platos de comida en trampas de osos y almohadas rellenas de fetos; soledades en las entrepiernas de mujeres.


No conocerás qué tan duro puedes caer hasta que tus huesos sean polvo, pero sabrás que el vértigo es la única manera de sentirse vivo; vivo entre las demás cosas que no puedes elegir.


 
Imagen de Lee Jeffries

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